Una carta a Puerto Rico, mi Tierra amada

Mi Puerto Rico amado:

Eres la tierra que me vio nacer y crecer. Eres la tierra que fue testigo de mi primera risa, mi primer llanto, mi primer amor, mi primer beso, mi primer corazón roto, mis logros, mis derrotas, de mi historia de amor favorita, de mi boda. Eres la tierra que recogió mis lágrimas cuando partimos a la diáspora y aún las recoge cada vez que tengo que partir luego de una visita. Puerto Rico, en tu suelo aprendí lo que es el amor de vecino, el amor al café, el amor a las viandas, el amor al aprendizaje, el amor al progreso, a no rendirme, a siempre ver lo mejor en las personas, y a ayudar sin esperar nada a cambio. También aprendí que cuando voy de visita debo estar dispuesta a comer o a decir “no, gracias” en repetidas ocasiones hasta aceptar al menos un cafecito o un jugo.

Mi Puerto Rico.

Fuera de ti aprendí que a donde sea que me lleve la vida siempre habrá puertorriqueños que me recuerden lo hermoso que eres. Esto es una realidad que a veces se me es difícil comprender, pero sé que es verdad. Sabes, me demostraste esto cuando en Singapur mi esposo se encontró con alguien que lo vio y le dijo “tú, eres boricua” y le dio un abrazo. Alejada de ti aprendí que la familia no es solamente la de sangre, si no todo aquel que llega a tu vida con un propósito y están dispuestos a dar la mano. Fuera de ti he ganado sobrinos y sobrinas que jamás pensé tener, y ahora mi hija tiene tantos tíos y primos como cuando yo crecí en tu suelo junto a los míos. A la distancia, he aprendido a valorar más aún lo bello de tus montañas y tus costas, y que todo el año es verano. Estando a lo lejos me he dado cuenta de que la mancha de plátano se nos sale a cualquiera, y que se nos infla el pecho cada ocasión que vemos nuestra bandera.

¡Puerto Rico querido!

Aunque ahora te encuentres en un estado no favorable, aunque tu verdor se vea opacado, a pesar de que luces un tono marrón monocromático, pese a que tus árboles se encuentren sin hojas, sigues siendo la Isla del Encanto, la Isla del Cordero. Tus playas siguen siendo hermosas y tu gente sigue siendo la que da la mano. De esta te harás más fuerte. No te rindas, lucha. Me fui, pero volveré a buscar a mis amados, a soñar en tus costas, a llenar mis pulmones con tu aire, y a dejar una parte de mi corazón en algún nuevo rincón que descubra.

Te amo Puerto Rico. Si bien eres pequeña para muchos, en mi corazón y mi mente eres más grande que el continente americano. A donde sea que vaya, con orgullo digo que soy de Puerto Rico porque te amo.

Puerto Rico, levántate como el águila. Tengo Fe de que pronto podremos decir que todo obró para bien. ¡Animo! Somos muchos los que creemos en ti.

Con el corazón en la mano,

Una boricua en la diáspora

Hermaris Diaz-Bobe

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